A Pinochet le gustaba mucho la pelota. Esto, por supuesto, era secreto de estado. Se supone que a un militar de su rango y destino los deportes no debieran importarle mucho. Esto no es así entre los dictadores de izquierda, que suelen tener un ego más necesitado de aplausos y éxito social. El general chileno era un hombre serio, un profesional de la dictadura. O sea, aquello tenía que funcionar bien. No como, por ejemplo, Fidel Castro, quien como dictador dejaba mucho que desear. Lo único que le importaba era ser el jefe.
Desde las oficinas ministeriales de la junta bajó la orden de contratar un catcher de primera linea porque los espías chilenos en Cuba (en aquellos años Cuba estaba infectada de espías de Pinochet que se hacían pasar por comunistas chilenos. Incluso en Miami los había a montones. En La Habana algunos llegaron a trabajar en la televisión cubana. Fueron detectados fácilmente por la contrainteligencia de la isla pues se veía a la legua que eran cualquier cosa menos actores, periodistas, presentadores de televisión. Eran muy malos) habían comunicado que los cubanos pretendían infiltrar en Iquique a uno de los pitcher de mejor brazo del equipo nacional del Ministerio del Interior Cubano, los Lenguas Rojas del Minint.
Mi calidad como catcher y bateador eran aún soberbias. No obstante, el factor determinante para el trabajo se fundamentaba en mis ventajas con el idioma. Yo controlo bastante bien el español chileno, idioma que suele creerse por ahí que es el mismo castellano que hablamos los latinos descendientes de españoles. Ni de lejos. Pero además hablo perfectamente mapudungun, quechua sureño, rapanui y el aimara. Alguna vez contaré por qué conozco esos idiomas tan poco hablados pero ahora no viene al caso esa historia. Y no se trataba solo de aguantar las rectas de Aquino Pas Arán. Mi labor se completaba con una inmersión total en el espionaje político y deportivo que conllevó a que, años después, el equipo Cuba tuviera que sobornar a la Comisión de Béisbol de Chile para que no les venciera en unos Panamericanos a principio de los años 80. De ello también contaré más adelante.
Yo me sabía, además, todas las canciones de los grupos folclóricos chilenos Illapu, Inti-Illimani, Los Jaivas y Quilapayún.
Y las tocaba perfectamente en las tumbadoras. Cuatro congas distintas. Una por repertorio y grupo.